No sé si aplaudirle y darle después unas palmaditas en el hombro, y en callandito decirle al oído que la ha cagado, y que la mierda expulsada lo está embadurnando hasta las orejas por las que le hablo. Cavar la tumba propia debe ser tarea desagradable. Y el vasco dueño del Asador Guadalmina, en honor al tamaño de los cojones de los de su tierra, está poquito a poco abriendo hueco a su ruina. Con un par, como el caballo de Espartero.



