No sé si es común abrir un blog personal a las colaboraciones de amigos. Ni lo sé, ni me interesa saberlo. Aquí se hace lo que yo decida, y en este caso, decido subir la colaboración de un buen amigo, que depués de echar un rato de charla agradable y de comentar la idea puesta en práctica en El Perfecto Idiota, ha querido brindarme la oportunidad de hacer pública una pequeña historia que tenía por ahí guardada. Me temo que mi amigo y yo tenemos mucho en común, salvando la particularidad de este relato. Os transcribo a continuación una historia de jóvenes que rozaban con los dedos la puerta entreabierta del mundo de los adultos. Gracias.
¿Cómo surge una historia? ¿Cuáles son las enzimas que desencadenan que una sucesión de acontecimientos, muchos de ellos insignificantes como la mayoría de las cosas que nos pasan, provoquen una historia? Una historia, algo que recordamos por más tiempo que pase y que de vez en cuando asoma dejándonos una leve sonrisa en los labios.
Empezó a suceder hace mucho tiempo; en esos tránsitos de la juventud a la edad adulta que tantas huellas dejan. Empezó a suceder en una ciudad de provincias, que sin ser pequeña, tenía vocación de balneario especializado en retiro de jubilados del sector del seguro del automóvil. El estado pueblerino del lugar nos llevaba a que una de las actividades culturales más importantes fueran los paseos por la calle principal a la búsqueda y al acecho de parejas del sexo contrario; en aquella época no era necesario hacer matizaciones homosexuales para contentar a esa parte de la población.
Las tardes de fin de semana, y en vacaciones todas las tardes, una marea de jóvenes se acercaba de las diferentes zonas de la ciudad hasta la “mein estrit”. Las imposiciones de la moda eran terribles, hasta el punto de que uniformaban a la población tanto masculina como femenina. Se puso de moda la cazadora “Fredperry” de color azul oscuro, yo por supuesto nunca tuve una de esas -en mi casa no se gastaba el dinero en gilipolleces-, y en alguna ocasión los grupos de chicos parecían equipos de baloncesto dando un paseo por la ciudad a la que habían venido a jugar un partido. No sólo no la tuve, sino que la padecí; la chica que perseguía con mi imaginación a la espera de un momento propicio para declararle mi amor eterno salía con un sujeto mayor que yo, pijo atractivo y encima con una “Fredperry” de los cojones. A pesar de la ausencia de la cazadora talismán me atreví a acceder a ese espacio de confrontación de miradas y roces, bien es cierto que acompañado por expertos guías como mi amigo Juan Botella (RIP), el más admirado y seductor de la calle Larios.
En este contexto surge mi historia, mejor dicho, primeramente surge mi teoría que más adelante expondré.
Evidentemente, el objetivo de todos esos paseos no era el ejercicio físico –entendido sólo literalmente-, se perseguía el emparejamiento, al igual que hacen todos los animales: se asoman plumas de colores, se inician bailes rituales, se canta (un aplauso para mi amigo Antonio que incansable cantó con su guitarra por todos los rincones de Málaga queriendo obtener el favor de las señoras y sólo consiguió su simpatía –alguien dirá: “que no es poco”; en aquella época era poquísimo-), y se pavonea. Hacíamos lo mismo, solo que aplicando además la inteligencia: me gusta fulanito/a que es el más guapo/a pero si lo consigue mi amigo/a me pido al segundo/a, sino a ese/a que es de buena familia y tienen mucho dinero y además nuestros padres se conocen y formamos un grupo muy guay que vamos Marbella todos los veranos. Tuve la suerte de tener mi imaginación en esa chica inalcanzable que dije antes y no participé de ese mercado, o quizás no me dejaron participar.
Al menos mi carácter inquieto y mis amistades me permitieron ser un observador cercano de ese escenario y cuando por fin pude escapar de ese balneario pude llevarme a tierras lejanas una magnífica teoría que por supuesto estaba dispuesto a poner en práctica: las relaciones sentimentales se han convertido en un mercadeo, en una balanza donde se meten belleza, dinero, influencia y por una regla matemática surge el “flechazo”, no hay más remedio que romper esa cadena.
Un año después de aquellos paseos, una vez en Madrid, alejado del sopor malacitano, consideré que era el escenario adecuado para pasar de la teoría a la práctica, y la mejor manera que vi para romper la cadena mercantil que ahogaba las relaciones sentimentales, era enamorarme de la mujer más fea y menos deseable de Madrid; por supuesto con enormes valores intelectuales, gran sensibilidad artística y, tampoco hubiera importado, buen dominio de la cocina.

Sin embargo pasar del dicho al hecho tiene un buen trecho, y en este caso el trecho es muy largo. Cuando acudía a bares y pubs varios, o fiestas universitarias; evidentemente me fijaba en las más feas: narices torcidas, pelos grasientos, sobrepesos clínicos; pero no me atrevía a dar el último paso, siempre pensaba que al no estar acostumbradas a que el personal masculino les entrara, mi acercamiento les provocaría una cierta desconfianza y podrían llamar a la policía pensando que les quería vender alguna droga. También es cierto que no me dediqué con suficiente pasión, mis estudios me arrebataban la mayor parte del tiempo.
En el segundo año de estancia en Madrid, un grupo de amigos nos reunimos en la misma pensión que yo había estado el primer año. Tenía todos los ingredientes de una pensión galdosiana: regentada por dos viejos insoportables, teléfono común para todos con candado, cuartos de baños comunes, techos altos, puertas de madera desencajadas, etc. La intensa dedicación al estudio hacía que no entrara como preocupación el lugar donde vivir, sólo la distancia a la universidad era una variable a tener en cuenta. Como iba diciendo, en el segundo año la pensión aportó una novedad a su larga tradición de caspa: ese año admitieron chicas en uno de los tres pisos de la misma planta que conformaban la pensión.
No tardamos mucho en conocer a las chicas que vivían contiguas a nuestra puerta, por edad nos amigamos de las hermanas Buitrago: Mariló y Salomé. Tendrían nuestra edad, quizá Salomé un poquito más y Mariló un poquito menos, en el entorno de los 19 años. Eran de un pequeño pueblo de Salamanca de cuyo nombre no puedo acordarme y estaban allí, probablemente expulsadas de la vida rural de su pueblo que no le podía reportar absolutamente nada, para ganarse la vida.
Salomé era pálida, delgada, ni alta ni baja, con el pelo largo y lacio en un color castaño claro, de bonitas facciones y unos ojos claros muy lindos aunque algo tristes, su carácter parecía serio y prudente, todo lo contrario que su hermana pequeña que era algo alocada y pizpireta. Pero lo que más me llamó la atención de Salomé era que tenía un diente, un incisivo enorme de la mandíbula superior, totalmente podrido y negro. Comprendí inmediatamente que ahí podía desarrollar mi teoría.
A los pocos días que los dos grupos nos conociéramos, para sellar mejor la relación, alguien propuso, y se admitió unánimemente, el ir a una discoteca del barrio. Pues ese sábado hubo discoteca. Ese fue el momento en el que apliqué otra teoría de las mías: había decidido que siempre que bailara con una chica la besaría. Pasado unos primeros momentos, los necesarios para instalarnos y que la vista se adaptara a la escasa luz, llegó el baile y le pedí a Salomé que me acompañara. Transcurridos treinta segundo suavemente la besé, ella se quedó un poco perpleja y no dijo nada. Lamentablemente era la primera vez que puse dicha teoría en práctica y todavía no sabía qué hacer o decir después del beso, con lo cual me quedé bastante cortado. Años después, con mucha mayor práctica, esos besos sorpresivos se vivieron con mucha más naturalidad; es más, creo que todas las chicas estaban ya advertidas y la sorpresa hubiera sido no besarlas.
A pesar del corte, estoy convencido que Salomé entendió el mensaje que quería enviarle: Salomé no me importa lo más mínimo ese asqueroso diente podrido que tienes, estoy dispuesto a enamorarme de ti, a luchar contra todo el mundo que se retraiga por la visión de tu boca, contra todo aquel que se atreva a decir que tú no eres apropiada para mí por tener esa podredumbre cerca de tus labios.
De forma natural, a pesar de los comienzos, aquel año tuvimos una relación sencilla, de aprovechar los escasos momentos libres que tuviéramos y todavía recuerdo sus intentos baldíos por enseñarme a diferenciar la pronunciación entre la “ll” y la “y”, su alevosa intención de envenenarme con el sugarrapote (bebida muy alcohólica típica de su pueblo). Eran momentos difíciles, de escasos medios, de escaso tiempo, de fuertes obligaciones, pero todavía existen los brillos en sus ojos y su sonrisa difuminada por el paso del tiempo.
Mantuvimos contacto durante los restantes 4 años que estuve en Madrid, pero después del primer año que nos conocimos, con mi mudanza a otros lugares y mi transformación de estudiante serio y aplicado a crápula de la noche, la relación fue más alejada aunque siempre continuada; incluso llegó a ir durante un verano a Málaga a verme, comprendiendo que yo en Málaga tenía otra vida diferente a la que ella conocía de mí en Madrid.
Ella, mientras tanto, se apuntó como vendedora de un sistema novedoso de lotería, por supuesto, totalmente ilegal, y le fue muy bien, llegó incluso a comprarse un piso en la calle Ponzano, cerca de la pensión donde por primera vez se instaló, todo un alarde para una chica de pueblo.
A partir de mi accidente en la mili, Madrid cambió de color, se agotó el deseo de volar. En los dos últimos años apenas tuvimos contacto, de nuevo me transformé: de crápula a taciturno.
La última vez que la vi fue en la estación de Atocha, yo estaba vestido de sargento del victorioso ejército español, camino de Málaga, ella se alegró muchísimo (ya sabemos cómo son estas personas de extracción rural, les vuelve loca el uniforme militar), a mí me hubiera gustado que el tren saliera dos horas más tarde, ella estaba luminosa, radiante, se le notaba que le iba bien. Después del primer abrazo, cuando pudimos mirarnos fijamente comprobé que había desaparecido el diente podrido, en su lugar había un esculpido incisivo de porcelana fruto de su bonanza económica. Algo se desmoronó en mí mundo con la desaparición del ennegrecido diente, algo terminaba en mi vida, una etapa acababa, algo nuevo vendría pero ya nada sería igual. Se había terminado la transición de joven a adulto.