Hace meses que los vientos de cambio empezaron a soplar en mi horizonte. Hasta hace poco había capeado el temporal simultaneando mi actividad por cuenta propia con un trabajo por cuenta ajena, trabajo del que me llevo enseñanzas, como de todo, experiencia y quizás nuevos amigos. Pero esa fase ha terminado y el futuro hay que reinvertarlo, pues mi actividad profesional hasta ahora, muy relacionada con la construcción, corre los mismos tiempos de gloria que todo el sector y, o se diversifica, o se cava la tumba literalmente hablando.
Ando en el estudio y desarrollo de un proyecto empresarial para diversificar mis opciones en el horizonte a corto plazo. O sea, trato de emprender. Y no es que no lo haya hecho hasta ahora, puesto que el estudio de ingeniería en el que trabajo sigue intentando que la cabeza no se sumerja en un ahogamiento probable, y seguimos empujando y trazando nuevas estrategias para hacer visible nuestra oferta, nuestra capacidad y nuestra calidad. Pero esa emprendeduría no lo es todo y busco alternativas en las que trabajar.
Hace unos meses leí el libro “Contra la cultura del subsidio” de Marc Vidal, y ahora, hace un par de semanas, lo he cogido para releerlo, para insuflarme de ánimo y enseñanza ante este futuro emprendedor. Es una lectura que os recomiendo si tenéis en mente emprender en algún negocio o si queréis saber qué sienten, a qué se exponen los empresarios y qué actitud hay que tener ante la puesta en marcha de un proyecto empresarial.
Como bien se indica en el libro, hay que saber ver la oportunidad entre las condiciones que nos rodean para extraer la idea que dé fundamento a nuestro proyecto. Hay que ser conscientes del escenario en el que ese proyecto pretende ponerse en marcha , que en España y más en las condiciones económicas que vivimos, es especialmente difícil. Hay que sobreponerse a todas esas circunstancias porque lo que se inicia es un camino difícil, lleno de obstáculos, de preocupaciones, de subidas y de bajadas, pero también, si la empresa se va desarrollando, de alegrías, de realización personal y de éxito. Para emprender hay que creer en lo que se pone en marcha, hacer de la idea una obligación y luchar por su consecución.
Y la vida del emprendedor, como nos indica Vidal, estará llena de los efectos de la envidia de los otros hacia el éxito del empresario, estará marcada por la continua lucha que supone el enfrentamiento constante contra una Administración pública más proclive a generar una sociedad de súbditos adormecidos, fácilmente manejables, que a fomentar el trabajo y el desarrollo de proyectos empresariales que permitan que las personas tracen su bitácora libremente. Una Administración que en sus infinitos escalones y entre cortinas de humo de subvención, llena de trabas la consecución de los fines del emprendedor.
Entre tantas cosas que asimilar, nos recomienda algunos conceptos que aprender para afrontar el reto de la emprendeduría. Por un lado, considerar los errores como enseñanzas, pues no dejan de constituir una experiencia pasada que debe intentar evitarse en el nuevo negocio, es decir, considerar el fracaso como un activo con valor. Si bien es España el error coloca la marca negra al emprendedor, en la cultura anglosajona supone un plus para el empresario, pues como decía, es experiencia vivida. Por otro, saber aprender de los demás y no creer que abordar escenarios de sociedades menos desarrolladas nos coloca únicamente para enseñar, puesto que al final, la aplicación de cualquier idea a una sociedad depende de la idiosincrasia de la misma, y de eso, ante el desconocimiento es mejor aprender del autóctono. Además, emprender es saber asociarse para obtener de cada componente lo mejor en pro del desarrollo del proyecto, llegando incluso a plantear el desarrollo de la idea a la competencia, con el objeto de sumar su conocimiento y posición para poner en marcha ideas muy complicadas.
Emprender en las condiciones tecnológicas actuales es saber entender que la conexión con los ciudadanos es clave para el desarrollo del proyecto, saber establecer redes de comunicación, de flujos de información, saber trabajar en equipo, incluso en la distancia que internet y sus herramientas nos permiten.
Pero emprender no es fácil porque supone un riesgo. No obstante, ¿merece la pena seguir anestesiados en una sociedad donde la clase media va desapareciendo y engrosa clases inferiores?, ¿donde el ciudadano confía en las manos de una clase dirigente para solucionar la situación, pagando el terrible precio de su libertad y de su capacidad decisoria?
Por último, entresaco una cita del libro a colación de lo anterior para dar peso a la reflexión:
“Si nos alejamos de la voluntad retorcida de quienes mandan, podremos abordar lo verdaderamente importante: la instrucción de una sociedad decadente y en crisis, cuya única salida pasa por su propio impulso. En un país donde entrar en mora por un crédito con el que se afrontó un proyecto se convierte en un lastre a perpetuidad, el valor que se le supone a quien se pone al frente de un negocio desde cero es muy alto. Hay que aprovechar ese elemento siniestro y olvidarse de oligarcas malintencionados, dirigentes ineficientes que apenas saben qué es eso del sistema privado o de enchufados de partido que fuera de esos círculos no tendrían donde caerse muertos.”
Y una cita de John F. Kennedy no menos importante en estos momentos en que este país necesita el impulso emprendedor de su sociedad para crear actividad económica:
“Así pues, compatriotas: preguntad, no qué puede vuestro país hacer por vosotros; preguntad qué podéis hacer vosotros por vuestro país.” (20 de enero de 1961)




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