Mi pasión por la Semana Santa viene de lejos, casi podríamos remontarnos 36 años y me veríais mamando tronos, toques de campana, nazarenos, velas y ruido de tambor. Y aunque los años fueron relajando esa efervescencia de la adolescencia y la primera juventud, siempre hay momentos que hacen que se encienda ese ascua que se mantiene latente en el interior de un cofrade que lo seguirá siendo siempre. Pase lo que pase.
Málaga y fuerzas armadas en sus procesiones son un todo, y aunque parezca que pudiera ser forzado e incluso inapropiado, la tradición que se remonta a siglos y que hoy, y espero que siempre perdure, hemos vuelto a vivir con el desembarco de La Legión y el posterior desfile y acto de entronización del Santísimo Cristo de la Buena Muerte y Ánimas, confirma y da fe de la simbiosis que nuestra Semana Santa mantiene con el ejército.

Hubo voces contrarias a esta tradición, y voces a favor que las acallaron. Y sentimiento cofrade que ha defendido la presencia de la tropas ante las imágenes de sus protectores. Y eso, que Málaga quiera que las cosas sean así, no puede evitarse por más que se quiera. Es ir contra la personalidad de una Semana Santa singular y contra la devoción del pueblo y de los militares que vienen a rendir honores en la procesión.

Alguna vez he escrito, porque es cierto, que no soy de lágrima fácil, pero hoy, sin haber llegado al llanto emocionado, he sentido un tremendo nudo en la garganta en el acto de la cofradía de Mena de rendición de honores de La Legión a su Cristo. Sin esperarlo, se ha relatado el incidente que sufrió en Afganistán el ejército español ante un ataque de las tropas insurgentes. Un caballero legionario fue herido de gravedad y antepuso a la importancia de su vida, el honor de la batalla y de la lucha por la victoria, pidiendo a sus compañeros de combate que lo dejaran herido. Pero el espíritu de compañerismo del Credo Legionario no escuchó al herido y por turnos se mantuvieron sus compañeros junto a él, evitando que se desangrara por las heridas. Y hoy, ese legionario de veintipocos años, orgulloso de serlo pero nervioso, recibía la medalla de honor de la Pontificia y Real Congregación del Santísimo Cristo de la Buena Muerte y Ánimas y Nuestra Señora de la Soledad. Este es el patriotismo que se mueve en mis venas, el que me emociona, el que justifica que exista esa fe en las tropas legionarias que hace que cada Jueves Santo desfilen junto al Cristo de la Buena Muerte por las calles de Málaga.
Dejadme que en honor a La Legión, a nuestra Semana Santa, a los cofrades que la hacen posible cada año, y a mi abuelo, que luchó por engrandecer nuestra Semana Mayor, os deje los versos que él escribiera al Cristo de la Buena Muerte:
Mil veces te ofendí, y otras mil veces
tu perdón hecho sangre me ofreciste:
mas de mí como pago recibiste
tan sólo del desdén las esquiveces.
Olvida una vez más mis arideces,
y al llegar de mi vida la hora triste
recuerda que la vida tú me diste:
mi desvío e impiedad no sean mis jueces.
Te pido que me pongas por delante
de tu divino corazón la herida
y la belleza de tu rostro inerte,
Y cuando desfallezca agonizante,
dame el perdón y pues tu muerte es vida,
regálame, Señor, tu buena muerte.




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Qué sentimiento más bonito