Mi pasión por la Semana Santa viene de lejos, casi podríamos remontarnos 36 años y me veríais mamando tronos, toques de campana, nazarenos, velas y ruido de tambor. Y aunque los años fueron relajando esa efervescencia de la adolescencia y la primera juventud, siempre hay momentos que hacen que se encienda ese ascua que se mantiene latente en el interior de un cofrade que lo seguirá siendo siempre. Pase lo que pase.



