Escrito por El Perfecto Idiota Fecha: agosto - 29 - 2010 7 comentarios

(Continuación de El extraño caso de la casa de verano)

La noche cayó como una persiana que ocultara las últimas luces del día. El bocadillo de calamares había asentado el estómago maltrecho de Poyatos y el sueño empezaba a hacerle picar los ojos. Había sido un día intenso; contactar con el cliente, la calurosa entrevista, cobrar la provisión de fondos que le permitió comer con dignidad comedida, recibir aquellas primeras pistas para enfrascarse en la investigación del caso, el calor asfixiante del verano que golpeaba sin piedad incluso de noche. Lo mejor era dormir y esperar el nuevo día, la jornada en la que caminaría hasta la casa de veraneo de la pareja y observaría con detenimiento los detalles que le permitieran iniciar las pesquisas sobre las desapariciones misteriosas y diarias de la esposa de Marcel. Decidió echarse en la cama y volver a observar la colección de fotos que le fue entregada como introducción al caso. Conectó el ventilador del techo y se entregó a los plácidos brazos de Morfeo.

El camino hacia la casa era largo, pero la ilusión de la primera investigación hizo que, con paso diligente, lo hiciese en menos tiempo del que pensó en principio. Al acercarse a la casa con sigilo se tropezó con lo que se asemejaba a una máscara de carnaval dieciochesco. La apartó con un leve toque del pie que hizo sonar los cascabeles que la adornaban, y se aproximó a la ventana que parecía de la cocina. Efectivamente lo era, una olla a presión emanaba rítmicamente los vapores de un potaje de lentejas con chorizo que hicieron que a Eutropio se le escapase un suspiro y una lágrima al pensar en el hambre que hasta ahora había pasado. Pero enjugó pronto el llanto al saborear un pequeño trozo de calamar que encontró entre sus muelas, vestigios inolvidables del bocadillo de la noche anterior. A base de pasar hambre, había aprendido a apreciar esos tesoros que, por sorpresa, encontraba su lengua en el viaje infatigable con el que recorría cada uno de los huecos entre sus dientes.

Lo que vio al dejar la ventana de la cocina y aproximarse a la del salón lo hipnotizó de inmediato. Entre los visillos ondulantes por la corriente de aire, una señora bailaba desnuda al son de una música celestial que recordaba un bolero de Machín. El ritmo sudamericano hacía bambolear las redondeces turgentes de la fémina allá y acá, allá y acá, con un efecto turbador que hizo disminuir el riego a su cabeza. La boca ahora estaba seca y la respiración de Eutropio se entrecortaba de vez en cuando. Extasiado como un auténtico gilipollas fue descubierto por la dama en un rápido giro de su coreografía. Sin alarmarse por el intruso y con gesto seductor y ojos inolvidables indicó a Poyatos que entrara en la estancia. Cual gacela en celo se encaramó al alféizar de la ventana y echó, no sin dificultad, la pierna derecha por delante para acabar impulsándose con los brazos. Cayó sobre un mullido sofá de cabeza, para ir a rodar hasta el suelo donde ya lo esperaba en postura sugerente aquella musa de ojos verdes. Intentando recomponerse tras la accidentada puesta en escena, fue literalmente aplastado contra el suelo bajo el peso de la danzarina. Estaba claro que los visillos ejercían un efecto adelgazante, porque el grácil cuerpecillo que pareció ver entre giros y cabriolas era ágil, pero con no menos de ochenta kilos. Viéndose en semejante trance, el detective se olvidó por un momento del motivo de su visita a la casa y se entregó a los brazos de la ninfa. Con movimientos estudiados fruto de la experiencia, la mujer adoptó postura de amazona y se dispuso a palpar debajo de su cuerpo en busca de la carne prieta. Descubierto el instrumento y dispuesto para la faena, lo abrazó con sus entrañas con tal virulencia que Poyatos no tuvo por menos que ahogar un grito de dolor. El voluminoso busto golpeaba su cara acompasadamente, izquierdo, derecho, izquierdo, derecho… en un ritmo embriagador bruscamente interrumpido por las manos de la amante que, colapsado su cuerpo por el fuego de artificio, tomó el rostro de Eutropio alojándolo con riesgo de asfixia entre su mamaria anatomía.

¡Pipipí, pipipí, pipipí! Sonó el despertador a la hora de siempre para que Eutropio se desperezara entre las sábanas.

– Maldita sea de nuevo, ¡maldita sea!, – pensó en sus adentros el investigador – otra vez mi gozo hecho sueño. Lo que pudo ser y no fue, lo que no fue nunca y debería ser, lo que nunca será fuera del subconsciente.

Las fotografías esparcidas por la cama, los restos de mayonesa del bocadillo en la mejilla de la rubia moza cuarentona, el calor, la euforia por haber comido, los años pasados sin catar humedades… La necesidad y el deseo hicieron que Poyatos, otra vez, se entregara al placer en sueños.

Aparcada la frustración sexual del detective, y sin perder un minuto, saltó de la cama a la ducha, y tras un baño refrescante y un desayuno modesto, se lanzó a la calle para dirigirse a la casa de verano de su cliente francés y su enigmática esposa.

La casa estaba cercada por una valla de madera también blanca de poca altura, no más de metro y medio. Traspasó una puerta de acceso entreabierta y con paso rápido se acercó al porche exterior que daba acceso a la entrada principal. A la izquierda de la puerta había una cesta de playa con una toalla mal doblada echada encima. A la derecha una fotografía de la Virgen del Rocío descolorida por el sol. Un par de vasos de copas encima de una mesa en compañía de una botella de ginebra Larios, dos latas de tónica abiertas y rodajas de limón ya reseco. Giró en la esquina de la fachada principal y vio varias ventanas cerradas. Se acercó a la primera. Miró disimuladamente el interior y no vio más que una biblioteca atestada de libros, un sillón de orejas, una lámpara y una mesita redonda. La siguiente ventana tenía la persiana echada. Y la última permitía ver una sala desnuda de muebles donde entró acompañada una dama rubia de unos cuarenta años de edad. La seguía un hombre alto y moreno, de extraño caminar sobre las punteras de los pies. La mujer iba ataviada con una especie de túnica de algodón blanco y llevaba en la mano izquierda lo que parecía ser una máscara veneciana de carnaval dieciochesco. Él iba vestido con pantalón y camisa negros, zapatos blancos y sombrero de ala ancha en su mano derecha. La estancia, con tarima de madera y espejos, parecía una sala de baile.

Como si estuvieran anticipándose a los pensamientos de Poyatos, la pareja inició un baile muy extraño. Antes, ella había colocado un vinilo en un tocadiscos y puesto con pericia la aguja sobre el mismo. Así que los extraños compañeros de danza bailaban al ritmo de una música que no escuchaba.

Miró su reloj de cuarzo, eran las doce de la mañana. Si hoy también se cumplía lo indicado por su cliente, o sea, que su mujer desaparecía entre las once de la mañana y las dos de la tarde, aquella persona que veía danzar tras la ventana no podía ser la señora Proust.

No podría afirmar con rotundidad que la mujer que ahora bailaba fuese la mujer fotografiada; no obstante, el parecido era importante. Y si no era la mujer de Marcel la mujer que danzaba en su casa, pero sí la de las fotos, ¿qué tienen que ver con la esposa del francés las fotografías que le había suministrado?

La cosa no empezaba clara, nada iba a ser fácil. Tendría que concentrarse mucho en el caso para llegar a buen puerto. Giró sobre los talones para abandonar la casa y se encontró frente a frente con un perro caniche que gruñía y lo miraba de mal modo. Odiaba los perros y ahora tendría que esquivar el fiero ataque del can si pretendía salir del jardín.

Continuará.

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  1. Información Bitacoras.com…

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  3. Fco Acedo dice:

    Queremos más!!!!

  4. El Perfecto Idiota dice:

    Querido Fco Acedo, habrá más, y pronto.

  5. Fco Acedo dice:

    Echo de menos a Eutropio en mis largas mañanas de otoño en soledad…

  6. El Perfecto Idiota dice:

    Ay Fco Acedo, ¿y si te digo que Eutropio sufrió el ataque de un perro caniche y que eso lo llevó a la sala de enfermería de un hospital? Pues ahí estamos, en plena sesión de curas.
    Habrá más. Ya mismo.

  7. Fco Acedo dice:

    Esperemos que se cure pronto… aunque seguro que allí está muy bien rodeado de guapas enfermeras