Escrito por El Perfecto Idiota Fecha: agosto - 27 - 2010 2 comentarios

Eutropio Poyatos era supervisor de una cadena de empaquetado. Controlaba la correcta colocación en su recipiente de las escobillas de retrete. Quince años en la empresa dieron para mucho, y fue tanta la escalada en la organización, que consiguió llegar a ese puesto envidiado por la mayoría de la plantilla de la fábrica. Pero Poyatos  necesitaba más proyección y las cuatro paredes de la factoría de aquél pequeño pueblo limitaban, y mucho, su desarrollo personal y su evolución profesional. Lo decidió un miércoles por la noche, en el turno en que consiguieron empaquetar 2.509 escobillas: aquellos retos ya eran suficientes. Contrataría, sin dudarlo, el curso por correspondencia de detective privado.

Eutropio pasó quince meses enfrascado entre pesados tomos de teoría detectivesca y tres meses de desarrollo de casos prácticos. Poyatos estaba preparado para comerse el mundo, para desentrañar sin envidiar en nada a Holmes los casos más enrevesados que pudieran imaginarse. Obtuvo el diploma CCC que enmarcó con orgullo en la cristalería del pueblo vecino, donde trabajaba un primo suyo que le hacía precio de amigo. Eutropio se lanzó al mundillo freelance y se hizo llamar Hércules Poyatos. Tuvo una visión privilegiada con el eslogan que colgaría encima de la puerta de su oficina: Detective Hércules Poyatos. Tu caso me dura un rato. Alquiló una pequeña habitación sin ventanas que estaba de saldo en un lúgubre callejón próximo al club “Yessikas, tordas monumentales”. El entorno no era el más agradable, pero haber pasado dieciocho meses entre papeles y asesinatos sin resolver, sin más ingresos que lo que robaba de la fuente a la que los turistas echaban monedas de céntimos, hizo que las posibilidades iniciales de establecimiento fuesen muy modestas. La cosa mejoraría y conseguiría delegación en la capital de la provincia. De eso estaba seguro. El futuro era prometedor, le tendría reservados momentos de gloria.

En uno de esos paseos en los que Poyatos mataba el tiempo esperando el primer caso, observando con disimulado detenimiento los movimientos de la gente que se cruzaba o que divisaba desde los bancos del parque, escondiendo un interés profesional mezclado con ese ramalazo vouyerista que siempre arrastró desde joven, recibió una llamada al teléfono móvil. Se puso nervioso con la vibración del aparato, pues al ser la primera vez que notaba el juguetón vaivén tecnológico, no tuvo por menos que dejarlo sonar, al menos, hasta el octavo tono. Pero lo cogió porque la profesión y el comer le iban en ello.

-          Dígame. Sí…, Hércules Poyatos – contestó de inicio a quien le hablaba – sí, detective privado formado en la Detective’s International School de Londres con matrícula de honor cum laude, sí… Experiencia profesional dilatada en varios países de la Europa del este y de Centroamérica. Máster MBA en investigación de casos relacionados con la ingeniería financiera impartido en la Universidad de Nueva Gales del Sur. Inglés y francés hablado y escrito.

Poyatos pensó que tanta exageración quizá era un naipe arriesgado, pero era el primer caso y había que atar en corto al fulano que lo había llamado para requerir sus servicios. Quedaron para entrevistarse en una cafetería cercana a la plaza del pueblo. Eutropio creyó conveniente para pasar desapercibido ataviarse con una gabardina gris marengo y tocarse con gorro de lluvia de tonos amarronados. En un octubre gris y lluvioso con seguridad nadie habría reparado en él, pero en pleno mes de julio, más que pasar inadvertido, lo que hizo fue atraer todas las miradas de los turistas que tomaban cervezas heladas para combatir el calor. – Aquello no empezaba bien – pensó – pero decidió mantener su pose profesional y sentarse con disimulo en la mesa que quedaba libre en la esquina de la terraza.

-          ¿Hégcules Poyatos? – gritó desde la esquina opuesta un señor vestido con camisa de manga corta floreada y bermudas, al tiempo que le hacía ostensibles gestos de que lo acompañara en la mesa que ocupaba.

Con pose seria propia de anuncio de televisión atravesó la terraza oculto tras la solapa derecha de la gabardina para ir a sentarse junto a quien parecía, por el ligero acento afrancesado del que hacía gala, la persona con la que habló la tarde anterior, es decir, su futuro cliente.

-          Encantado – dijo amablemente Poyatos tendiendo la mano a su interlocutor.

-          El plaseg es mió, señog Poyatós. Vayamós al ganó del asuntó. Nesesitó sus segvicios pgofesionalés pogque tengo un pgoblema que me atogmentá cada día desde que llegamós al pueblo de veganeó. Mi mujeg, Lulú, desapaguese a diarió. Desde las once de la mañaná hasta las dos de la tardé no sé qué es de ella, no deja ni gastgó y el telefonó móvil lo deja siempge en casá.

-          No me ha dicho su nombre todavía, señor.

-          Me llamó Marcel, Marcel Proust.

-          Señor Proust, lo que me cuenta parece, sin duda, el típico caso de esfumación reiterada por causas desconocidas – dijo para parecer interesante y sin añadir nada a lo que el intrigado marido ya había planteado. – Mi dilatada experiencia profesional puede ayudarle a desenmarañar el hecho y a descubrir los motivos que lo justifican. Ahora sí, señor Proust, necesito un adelanto de efectivo para extender mis redes por los bajos fondos y obtener información. Dos mil eurones serán suficientes, en principio, para echar a andar la maquinaria.

Sin pensarlo, el francés sacó un taco de billetes de doscientos euros del bolsillo del pantalón y contó hasta diez para extendérselos al detective en ciernes. Los ojos de Poyatos se iban a salir de las órbitas al ver tanta pasta junta. Y la saliva, irremediable acompañante de degustaciones gastronómicas, sobresalió por la comisura de los labios al pensar en el bocadillo de calamares que iba a comerse al largar al franchute. Marcel dejó sobre la mesa un sobre cerrado y le dijo a Eutropio que era toda la información que podía suministrarle. Sin más dilación y con aire cabizbajo, el francés se levantó de la mesa y desapareció entre la gente que se fotografiaba en la plaza bajo ese sol abrasador.

Después de pasar por la oficina para dejar la gabardina y el sombrero y poner a buen recaudo 1.800 euros, se lanzó a la fonda de la esquina con el sobre que acababa de darle el cliente. Entró decidido hacia la mesa de siempre. Allí estaban cogiendo fuerzas las putas habituales antes de entrar al trabajo en el club.

-          Johnny – gritó – ponme un bocadillo de calamares bien cargado de mayonesa.

Abrió el sobre y encontró una serie de fotografías al parecer recientes. Eran fotos de una casa de verano cercana a la playa. Recordaba haberla visto en sus paseos interminables de observador. Sí, era la casa de madera blanca que coronaba la calle de los chalés cercanos al faro del puerto. Siguió pasando fotos y tragó saliva al ver a su cliente en postura sobrehumana, es decir, en postura sobre humana, o lo que es lo mismo, encaramado a una rubia moza cuarentona a la que estaba encalomando en diversas poses propias de las películas porno que tanto veía y veía. Aquello fue suficiente por aquel día. Un leve hormigueo subió por la entrepierna e hizo endurecer sus pantalones de forma muy poco profesional. Guardó las fotos, cerró el sobre y se dispuso a pegar un bocado al bocadillo de calamares que acababan de servirle. Aquello prometía, si alguna vez recopilaba sus casos, a ese le llamaría el extraño caso de la casa de verano. Entre tanta hambre un goterón de mayonesa cayó en el sobre con el riesgo consiguiente de estropear alguna de aquellas instantáneas.

Aquél día ya había dado su fruto. Al día siguiente se daría una vuelta por la casa de veraneo del matrimonio para intentar obtener alguna pista que encaminase sus pesquisas. El mundo empezaba a sonreírle después de tantos años y de tantas escobillas de váter.

Continuará

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