Escrito por El Perfecto Idiota Fecha: enero - 10 - 2010 1 comentario

Estos párrafos que siguen son muestra de mi sentir romántico por los libros, amigos y compañeros inseparables desde una edad bastante temprana. Siempre me gustó leer y no creo que deje de hacerlo, porque el placer de la lectura, la capacidad de abstraerme del mundo real y penetrar en esa realidad paralela que imaginamos página a página, es una experiencia que puedo comparar con muy pocas cosas.

Recuerdo que entre tercero y quinto de E.G.B. en clase se montó una pequeña biblioteca a la que todos teníamos acceso con la aportación temporal de volúmenes que llevamos cada uno de nosotros. Y allí me planté con tres libros que me dejó mi padre, Cinco semanas en globo, Miguel Strogoff  y Los hijos del capitán Grant, tres novelas inolvidables de Julio Verne. Fue en aquella época cuando descubrí a Los Cinco de Enid Blyton o La Casa del Gallo de Viento, de Washington Irving. No me olvido de cuando me regalaron Ivanhoe, de Walter Scott, estaba enfermo en casa de mi abuela en Granada, tendría unos diez u once años. Los libros son tesoros que uno guarda celosamente, y como tales tesoros tengo en mi poder cuatro tomos de Emilio Salgari que encontré un día ya hace muchos años rebuscando en cajas olvidadas en casa de mis abuelos: El capitán Tormenta, La soberana del Campo de Oro y El desquite de Yáñez en dos tomos. Son libros que publicara la editorial Saturnino Calleja en los años veinte en una edición absolutamente rústica, y más rústica que ha quedado con el paso de los años. Son libros casi rotos, pero son mis libros que antes fueron de mi abuelo y antes fueron de otros. Son herencia y son cultura por siglos. Son un pequeño tesoro al que tengo especial afecto.  Los libros son posibilidades de imaginación, historias que haremos personales porque nadie imagina el escenario dibujado con palabras de la misma manera. Un libro es una historia que siempre sucederá en ambientes diferentes, cada novela será una novela personal incomparable.

   

Conozco quienes dan mucha importancia a los olores, guían sus sentimientos si los olores han superado el exigente filtro que los criba. No sé si alguna vez se habrán enamorado de un libro, puede que sí, pero no lo sé con exactitud. De algunos libros me han hablado especialmente, Pura Vida de José María Mendiluce o El desencuentro de Fernando Schwartz, pero no creo que su amor sea por el libro físico, sino por la historia contada. Yo, además de las historias, me quedé una vez enamorado del olor de un libro. Pasados los años me recuerdo abriéndolo de nuevo para ver si mantenía ese olor tan especial que trajo al caer en mis manos. Me refiero a un libro de Salgari que se titula El hombre de fuego y que editó la editorial Orbis en edición de bolsillo en 1987. Aquel olor que percibiera con once años quedó mucho tiempo grabado en mi memoria, y ahora, veintitrés años después, tengo un ligero recuerdo que no puedo confirmar porque ya no huele como entonces. Lo tengo en mis manos ahora y ni huele como olía ni sus páginas son blancas como antaño. Un color amarronado se ha apoderado del papel, pero no desdibuja el grato recuerdo que tengo de aquellos años y de tantos libros.

Ahora tienen entre manos, quien los tenga, los e-books, que son unos ingenios digitales que reproducen como en una página escrita archivos de texto. Estos aparatos dan la posibilidad de tener entre las manos cientos de libros al mismo tiempo. No sé qué futuro tendrán, porque en un país donde no se lee mucho y donde el que lee, espero que siga prefiriendo la lectura tradicional, dudo de que se vendan como rosquillas. Puede ser la forma de acercar la lectura a cierto sector de la sociedad que disfruta consumiendo tecnología y videojuegos. Puede que cayendo este nuevo aparato accidentalmente en sus manos, descubran que con ellos pueden leer libros, digitales en este caso. No creo que ocurra algo parecido a lo que ha ocurrido con la fotografía tradicional, que cayó en desuso a favor de la fotografía digital de forma absolutamente mayoritaria. Pero sí que puede ser el medio de acercar esa lectura a más gente. Hoy es muy fácil ver cámaras digitales de última generación en manos de niños que no alcanzan ni el metro y medio. A lo mejor, mediante los e-books, vemos como los libros también caen en manos de esos enanos y los alternan con los puñeteros videojuegos que los tienen hipnotizados gran parte del día. No digo que esos juegos no desarrollen sus intelectos, pero dejarse llevar por una historia que se lee, también motiva el desarrollo del intelecto y de la personalidad, además de asegurar el desarrollo de la capacidad de expresión oral y escrita.

Puede que alguna vez compre un e-book, lo que sí que puedo asegurar rotundamente  es que nunca dejaré de comprar libros, porque para mí son tesoros que me acompañarán siempre y que serán capaces de definir a los ojos desconocidos cómo era su dueño. Hay una cita bíblica del Evangelio según San Mateo que dice “Por sus frutos los conoceréis” en referencia a los falsos profetas, en esa línea diré: por sus libros los conoceréis.

 

NOTA: Texto editado el 23/4/2013 para adecuarlo a mi paz mental. Además, no sólo me compré un ebook como el de la imagen, sino que después ha sido el ipad mi soporte de lectura. Pero sigo comprando libros. De papel. Para los infantes.

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