Que el mundo esté lleno de pequeños hijos de puta no creo que se le escape a nadie. En algunos lugares de la geografía incluso abundan en número desmesurado. Dios los cría y ellos se juntan. O los juntan los padres, que muy probablemente son los que tienen la culpa de que sean como son porque antes ellos lo fueron y ahora lo siguen siendo. La educación es un bien cada vez más preciado y menos frecuente, así que, en el fondo, no sé de qué me extraño. Tengo un familiar cercano al que le están jodiendo la vida. Se tiene el tópico de que los profesores tienen una vida fácil y unas vacaciones de ensueño. Tienes más vacaciones que un maestro de escuela, decimos a veces. Que sí, que sí, que todo eso está muy bonito, pero a ver quién tendría los arrestos de enfrentarse a una clase de pequeños alumnos que lo último que quieren es compartir su tiempo con vosotros. Son auténticos cabrones, delincuentes en potencia que pueblan nuestros colegios, los de la laureada enseñanza pública. Son lo que ven, niños educados en la pelea y el desafío, que entienden la libertad como la posibilidad de dar un puñetazo a otro sin que nada tenga consecuencias. Niños impunes protegidos por el sistema, que prefiere esconder el estrepitoso fracaso y hacernos creer que todo es miel sobre hojuelas. Y un carajo.
Le están amargando la existencia, literalmente.
Cuando un profesor joven con ilusión debe enfrentarse a una batalla contra elementos como los que os digo, el asalto no dura ni tres meses. En ese tiempo lo han desmoralizado por completo, lo han destrozado. Todo les da lo mismo, ocho que ochenta. Si al menos dejaran en paz al que presta un mínimo interés la cosa podría sobrellevarse, pero es que ni eso, son como los perros del hortelano, que ni comen ni dejan comer. Ellos no atienden, pero tampoco dejan que los demás atiendan. Los demás son muy pocos, los cuentas con los dedos de una mano, así que desde la dirección de los colegios se prefiere mirar para otro lado y pasar el curso como mejor se pueda. Ese debe ser el éxito de la enseñanza pública, que en esos colegios problemáticos nos hagan creer, intentando hacer cómplices a los propios profesores vilipendiados, que la cosa va de maravilla, vaya, que tenemos un Einstein y un Copérnico en los pupitres, y que los demás no desmerecen ni un ápice el brillo de los otros. La crème de la crème, la envidia de los centros privados, retrógrados y autoritarios. Y un carajo, y ya van dos.
Entiendo que el Estado deba velar por la educación de los ciudadanos que tiene a su cargo, y que debe obligarse a la escolarización de todos los niños hasta cierta edad, para que, en teoría, algo se les pegue a la oreja, aunque sea la mosca que tuvieron detrás desde el primer día que pusieron los pies en un lugar inicialmente civilizado.
No podemos negar que existen gentes problemáticas que consideran que la educación que desde los colegios quiere dárseles es un esfuerzo vano. Por eso, cuando este tipo de población se reúne y forma barrios, y son necesarios colegios y se construyen y se dotan de profesores, creo que desde la administración deben ofrecerse esas plazas de profesorado a aspirantes voluntarios, porque cubrir esos puestos con profesores cualesquiera es un error de base, sólo se incide de esta forma en el fracaso en el que ya estamos emplazados. De ahí no salimos así. Y que esas plazas en las que se enfrenta el docente a una lucha día a día se vean recompensadas con un mayor salario. Del trabajo se sacan frutos cuando se estimula, cuando se ilusiona al que tiene que hacerlo, y en este caso, la ilusión a priori del voluntario debe fortalecerse con el sueldo a posteriori del día 30.
Algunos ya estaréis diciendo que soy idiota cuando menos, ya os lo avisé el primer día. Otros pensarán que no podemos crear guetos, que estoy discriminando. Para todos estos últimos el tercer carajo. El hecho cierto es que a ese profesor voluntarioso e ilusionado que os he dicho están a punto de noquearlo. Todo un éxito de nuestro sistema. Pensemos, por favor, hagamos ese ejercicio.




[...] Cercanas reflexiones sobre los colegios públicos y los alumnos [...]
Asunto difícil. Hay mucho en juego y el Estado -ejecutivo- no se resiste a la tentación de manipular a los gobernados desde el pantalón corto y la faldita (Aído mediante). Por algo sería que la Ley de Calidad en la Enseñanza fuese la primera que se cargó el Pánfilo nada más alcanzar el poder.