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Los consuegros

Escrito por El Perfecto Idiota | Clasificado en Opinión | Escrito el 07-11-2009

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Cuando se es un sinvergüenza debe ser difícil dar vuelta atrás. El color del dinero siempre ha tenido efectos hipnotizadores, sobre todo cuando, además, huele bien y se consigue fácilmente. Cuestión de sentidos, supongo. Se lo llevaban calentito de quinientos en quinientos.

Félix Millet, ex presidente del Patronato del Palau de la Música, debió confundirse bajo el influjo de los sones del arpa de Orfeo y creyó que las tintineantes monedas del presupuesto del Palau debían dirigirse a su bolsillo, en lugar de ser empleadas en los fines para los que estaban previstas. El tal Millet, auxiliado en las bandas por el director administrativo, Jordi Montull, y por el secretario del Palau, Raimon Bergós, urdieron una trama de facturas falsas para desviar los billetitos a lugares más cercanos a sus carteras. Ingeniería financiera le llaman algunos. La verdad es que el método está ya muy visto y muy manido, pero parece que sigue siendo efectivo hasta que te cogen con la carretilla hasta los topes de papel.

Mientras duraba el asalto, don Félix creyó conveniente que las bodas de sus dos hijas corrieran por cuenta del presupuesto del Patronato. Y como iba con cargo a presupuestos, tiraron de lo lindo la casa por la ventana. No quedó ni un mueble dentro, ni el bidel de las señoritas (como dice un vecino mío). Para la primera en pasar por la vicaría se dedicaron 120.000 euros para la celebración. No nos confundamos, sí, nos referimos a veinte millones de las antiguas pesetas. Aquello debió de estar por todo lo alto, desde luego, porque con ese dinero puede comprarse un buen montón de butifarras y regarlas con buenos caldos del Penedés. Para la segunda, que no sé si es Clarita o Lailita, la cosa se organizó más modesta y sólo fueron necesarios 80.000 euritos, algo más de trece millones de pesetas. Pero el sinvergonzonerío del Padrino no se queda en el hecho delictivo de robar a manos llenas al Patronato, que no deja de ser un ente impersonal. El punto álgido de las debilidades del protagonista se alcanza cuando después de haber colocado la factura de la boda de la segunda hija al Patronato, tiene el descaro y la poca elegancia de pedirles a sus consuegros la mitad de los costes, o sea, 40.000 euros que se llevó a la buchaca limpios de polvo y paja. No se puede caer más bajo. En un alarde de elegancia debía de haberse marcado el farol delante de la familia política recién estrenada y haber dicho: todo el mundo quieto que la fiesta corre de mi cuenta, y haber dejado el agua correr, y aquí paz y después gloria. Pero no. No. La bola entró. La avaricia rompe el saco y le hace quedar a uno peor que si sólo fuera un ladrón, porque éste, además, es un fildepú y un ordinario.

Andan por ahí en libertad con cargos pero con dinerito todavía. En este país el que roba y es pillado pasa unos días en la cárcel y luego sale a vivir del cuento y de lo que ha robado, que nunca se devuelve. Las maletas con billetes de quinientos euros han tomado rumbo a Zúrich en asientos de primera. En Suiza, además de buen chocolate, hay bancos con cajas fuertes a prueba de bombas.

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