Soy aficionado a perder. Sí, le he cogido el gusto. Perder a la lotería es una afición muy extendida y yo he caído también. Tengo una amiga que es adicta a Euromillones, todas las semanas se juega parte del sueldo en boletos internacionales. Yo creo que prefiere que nadie gane para ver cómo se va acumulando el bote para la semana siguiente. Creo que está tan convencida de que nunca va a ganar que hasta ha prometido regalar motos a la mitad de los compañeros de trabajo. Vive por ver la cifra del bote cada semana más alta, a doce euros las seis columnas. No falla ninguna semana. Nunca le toca. Lo mejor es cómo elige los números. Según nos ha contado tiene un método matemático basado en el número de personas que visten de uniforme en el bar donde desayuna cada mañana. Si la mayoría son policías locales aplica un algoritmo, si son del supermercado aplica otro distinto, y si son de la empresa de limpieza aplica otro algoritmo con control realimentado. Creo que está perdiendo la cabeza con tanto número, tanta estrella y tantas ganas de no ganar. Mi amiga es ludópata y yo soy idiota, como reza el nombre de este teatro.
Empezaba mentando mi afición a perder en los juegos de azar, estoy acostumbrado. Cada semana me gasto las perras en jugar a Euromillones, al cupón, a la lotería nacional, arrastrado por mi amiga ludópata con el mismo éxito que ella, o sea, con ninguno.
Ahora bien, no les digo nada del placer que me produce jugar a la quiniela. Es que el simple hecho de ir por el boleto ya me hace estar nervioso. Pensar en el momento de repasar los encuentros y las clasificaciones antes de enfrentarme a la combinación que me puede hacer ganar es una experiencia religiosa que supero con temblores en las piernas. Echo tres columnas, uno con cincuenta. Cuando cojo el boli me atavío de varios amuletos que me cuelgo de las orejas y hago ejercicios de respiración antes de decidirme por la apuesta. 1, 2, X, 2, 1. Esta vez seguro que sí, me digo para animarme con la sexta casilla. Cuando termino el pleno al quince soy como un dios, tengo en mis manos un futuro prometedor. Paseando voy a la lotera a sellar mi boleto sin caber en mí de gozo. ¡Qué sensaciones, qué pálpitos, qué éxtasis! Ésta es la mía, pienso una semana y la siguiente, y la anterior, y la próxima seguro que lo vuelvo a pensar. Cuando salgo de la administración de loterías es que soy un hombre distinto, llevo en mis manos combinaciones únicas de triunfador. Y así es, triunfo disfrutando del placer que me produce jugar a la quiniela, porque ni acierto trece, ni doce, ni once, ni siquiera diez, como mucho seis en cada columna. Y ahí sigo, jugando a la quiniela y pensando en la próxima jornada, deseando que la liga no termine nunca. Real Madrid Barcelona 2.




