Acabo de ver el vídeo del asesinato en plena calle de Nápoles a modo de ajuste de cuentas de un individuo a manos de otro perteneciente a la Camorra. Todo esto viene al hilo de mi último post, que consistió en breves comentarios sobre el libro Gomorra de Roberto Saviano. El libro abre las puertas de la Nápoles real, la ciudad entregada al arbitrio de la extorsión y que vive apartada de las leyes que rigen cualquier país civilizado. Lo que se ve en el vídeo se describe en el libro cincuenta veces: la normalidad, la impunidad, lo habitual, los gestos mecánicos, calculados, entrenados, la eficacia. Un segundo y la vida sale volando por el agujero de dos balas certeras, una de gracia. Sorprende que las personas que después del asesinato salen en el vídeo ni se acercan a la persona que yace en la acera, nadie se atreve a socorrer por miedo a ser visto, o a nadie le importa. Dicen que la vida no tiene precio en Nápoles. Sí que lo tiene, y muy caro. Todas esas personas que siguen sus pasos como si nada hubiera pasado han valorado su vida a un precio tan alto que han perdido la sensibilidad por los atroces hechos que ocurren a su alrededor. El valor de la vida ha provocado la indiferencia ante la muerte cuando es de otro. Triste realidad la de Nápoles, como en otros muchos lugares del mundo que no salen a la palestra como ahora lo ha hecho éste.

Y sigo haciéndome la misma pregunta que me hice ayer en el post de Gomorra: ¿Dónde estaba el Gobierno italiano mientras todo esto ha estado pasando? ¿Es el Estado garante de la libertad de un pueblo? ¿Qué hacían, dónde miraban? ¿Qué ganaban con eso? Acabo de darme cuenta de que he preguntado en pasado. Extendámoslo al presente.