Hoy es uno de esos días en los que la ciudad de Granada se ve envuelta a mediados de otoño, otra jornada fría, gris y lluviosa. Escribo estas líneas sentado al calor de un brasero, mirando por la ventana, observando los tejados del casco antiguo, siendo testigo de la monotonía del marrón de las tejas y el oscuro del cielo. El viento comienza a soplar meciendo el universo de antenas que rasgan la plomiza atmósfera, iniciando una súplica imperecedera, una oración eterna.
Todo es melancólico en un primero de noviembre, todo gira entorno a los difuntos, todo nos hace pensar en los seres queridos que nos abandonaron tiempo atrás. Antaño, durante todo el mes, las campanas de las iglesias granadinas, y supongo que en todas las ciudades y pueblos españoles, doblaban a muerto, haciendo, si cabe, más triste el transcurso de los días.
Las finas gotas de lluvia han empezado a caer, mojándolo todo a su paso. Ya caen los pequeños hilillos por entre los canales de las tejas, ya todo parece estar limpio, ya todo parece brillar. Hoy y los días precedentes son éstos en los que al pasear por las calles encuentras flores por todas las esquinas, gentes que buscan el sustento en la tradición, en costumbres fuertemente arraigadas, de raíces tan profundas que no pueden cambiarse.
Un relámpago ha roto la quietud de la mañana y segundos después el trueno ensordecedor me ha hecho abandonar mis ensoñaciones, pero por poco tiempo, ya que casi al instante vuelvo a estar sumido en mis tristes pensamientos… Y aquí sigo escribiendo con mi única compañera, mi única amiga, la lluvia que no cesa.
Escrito en Granada a uno de noviembre, entre 1990 y 1994.




No sabía que escribías en aquellos tiempos, yo también lo hacía. El otro día leí alguna cosa y me gustó, tal vez algún día recopile algunos de esos escritos. Melancólico mes de noviembre, siempre lo es, aunque estoy contenta de no perder las tradiciones porque es nuestro pequeño tributo a quienes siempre estarán en nuestra memoria.